domingo, 26 de octubre de 2008
sábado, 15 de marzo de 2008
Gallows Hill
“ ‘Louis, it’s… it’s absinthe! Too much absinthe!’ he gasped. ‘She’s poisoned them with it. She’s poisoned me. Louis…’ […] ‘Stay back!’ she said again. And now she slid off the couch and approached him, peering down into his face as he had peered at the child. ‘Absinthe, Father,’ she said, ‘and laudanum!’ ”
Anne Rice
Se levantó desnuda de la cama, cruzó la habitación y se cubrió con una manta de color pardo que parecía haber aparecido allí sólo para ella. Cada paso descalzo causaba un eco en su cabeza que se confundía con su lento latir.
Se sentó en un rincón, apoyada contra la pared, e intentó recordar qué había pasado hasta entonces. Por la ventana vio las calles guardando silencio de madrugada, sólo roto por unos pasos que sonaban dispersos en la habitación. En su cabeza sonaba Avondale, y los espasmos de su cuerpo extraño hacían parecer que estuviera bailando. Sufría espasmos a la misma hora desde hacía meses, desde que empezó a dormir en esa habitación.
El sol empezó a brotar entre las rendijas de la persiana de madera, atigrando su cuerpo, ahora tendido en el suelo. Con cada espasmo una imagen, una caricia, un recuerdo involuntario.
Bum, un cuerpo la abrazaba.
Bum, unas manos recorrían toda su espalda, sigilosas como una araña.
Bum, arañas pasaban por su cintura.
Bum, su cuerpo se arqueaba.
Bum, unos labios rozaban su oreja.
Bum, Avondale.
Bum, Avondale.
Bum, arañas en su pecho.
Bum, sudaba.
Bum, toc.
Bum, hah.
Bum, toc.
Toc.
Toc-toc.
Abrió los ojos. Los espasmos se habían ido, y Avondale, y el cuerpo.
Toc-toc.
Miró hacia la puerta. La sombra de alguien se colaba por debajo. Se levantó y fue a abrir, pero se detuvo. Vio que la sombra cambiaba, y vio aparecer un papel por debajo de la puerta. Después… después la sombra se marchó.
Cogió el papel y sintió un escalofrío. Respiró profundamente y se alarmó; había reconocido algo. Olió el papel y cerró los ojos. Cayó sobre la cama mientras inspiraba profundamente. Era un olor familiar, algo que conocía pero que no acertaba a recordar. Abrió los ojos, desdobló el papel tres veces y vio algo escrito.
Sistrum.
Sus ojos se congelaron. Su corazón se paró. Entonces lo recordó. Soltó el papel. Se tocó el cuello, el hombro, la nuca. Notó entonces algo extraño, como una cicatriz. Se miró en el espejo y la vio... la flor de lis.
Anne Rice
Se levantó desnuda de la cama, cruzó la habitación y se cubrió con una manta de color pardo que parecía haber aparecido allí sólo para ella. Cada paso descalzo causaba un eco en su cabeza que se confundía con su lento latir.
Se sentó en un rincón, apoyada contra la pared, e intentó recordar qué había pasado hasta entonces. Por la ventana vio las calles guardando silencio de madrugada, sólo roto por unos pasos que sonaban dispersos en la habitación. En su cabeza sonaba Avondale, y los espasmos de su cuerpo extraño hacían parecer que estuviera bailando. Sufría espasmos a la misma hora desde hacía meses, desde que empezó a dormir en esa habitación.
El sol empezó a brotar entre las rendijas de la persiana de madera, atigrando su cuerpo, ahora tendido en el suelo. Con cada espasmo una imagen, una caricia, un recuerdo involuntario.
Bum, un cuerpo la abrazaba.
Bum, unas manos recorrían toda su espalda, sigilosas como una araña.
Bum, arañas pasaban por su cintura.
Bum, su cuerpo se arqueaba.
Bum, unos labios rozaban su oreja.
Bum, Avondale.
Bum, Avondale.
Bum, arañas en su pecho.
Bum, sudaba.
Bum, toc.
Bum, hah.
Bum, toc.
Toc.
Toc-toc.
Abrió los ojos. Los espasmos se habían ido, y Avondale, y el cuerpo.
Toc-toc.
Miró hacia la puerta. La sombra de alguien se colaba por debajo. Se levantó y fue a abrir, pero se detuvo. Vio que la sombra cambiaba, y vio aparecer un papel por debajo de la puerta. Después… después la sombra se marchó.
Cogió el papel y sintió un escalofrío. Respiró profundamente y se alarmó; había reconocido algo. Olió el papel y cerró los ojos. Cayó sobre la cama mientras inspiraba profundamente. Era un olor familiar, algo que conocía pero que no acertaba a recordar. Abrió los ojos, desdobló el papel tres veces y vio algo escrito.
Sistrum.
Sus ojos se congelaron. Su corazón se paró. Entonces lo recordó. Soltó el papel. Se tocó el cuello, el hombro, la nuca. Notó entonces algo extraño, como una cicatriz. Se miró en el espejo y la vio... la flor de lis.
miércoles, 2 de enero de 2008
III
Todo estaba tan oscuro como las calles que nadie visita, esas donde sólo llega la niebla. Adaptados a los resquicios del muro estaban Ella y su piano. No había viento, pero su pelo se movía provocándole escalofríos. De repente sintió algo punzante en la rodilla, un dolor abrasador que sólo podía significar una cosa: estaba llorando.
Recordó entonces que no estaba en Viena, que no había nieve y que todo había sido un sueño, como el calor del cuerpo que la abrazaba. Seguía sola con su piano, la absenta, el azúcar y el láudano. Y perdida en un rincón de sus pensamientos, escondiéndose de otros, virtió una onza de absenta, colocó el terrón en la cuchara que Él le había escondido en la almohada, y agregó tres gotas de láudano al terrón antes de derretirlo con sus lágrimas, que se volvían de un color oscuro al contacto con la droga líquida.
Cuando se hizo louché 3:1, procedió como de costumbre: mojó un dedo en la copa y dejó caer la primera gota en su labio inferior, la segunda en su cuello, y finalmente, probó "Absynthe au Violet". Amarga, como de costumbre, pues cuando se hace con lágrimas en vez de con agua fría no puede estar de otra manera, la tomó en pequeños sorbos, mal, como no debe hacerse, como lo había hecho todo siempre.
Cerró los ojos y recorrió sus pensamientos, esta vez con un escudo hecho de láudano y alucinógeno verdoso, y volvió a ver cómo hacía mucho tiempo desterró a la felicidad de su vida, para luego pasarse el resto de su existencia en una perpetua expedición para recuperarla, visitando paraísos e infiernos en los que no cabían todos sus errores.
Después de recordarse a sí misma dónde estaba y por qué, desprendió una lágrima gris que vino seguida de otra más, y ésta de otra, y así brotaron y cayeron al suelo, sonando como piedras que caen sobre una caja hueca. Ya tenía diapasón.
Apretó los dientes, se puso de pie sin saberlo y se sentó al piano, temerosa, como si no lo hubiera tocado nunca. Su dedo índice robó un Mi, y los demás se atrevieron a seguir. Ella cerró sus ojos y dejó que sus manos le hicieran olvidar.
Recordó entonces que no estaba en Viena, que no había nieve y que todo había sido un sueño, como el calor del cuerpo que la abrazaba. Seguía sola con su piano, la absenta, el azúcar y el láudano. Y perdida en un rincón de sus pensamientos, escondiéndose de otros, virtió una onza de absenta, colocó el terrón en la cuchara que Él le había escondido en la almohada, y agregó tres gotas de láudano al terrón antes de derretirlo con sus lágrimas, que se volvían de un color oscuro al contacto con la droga líquida.
Cuando se hizo louché 3:1, procedió como de costumbre: mojó un dedo en la copa y dejó caer la primera gota en su labio inferior, la segunda en su cuello, y finalmente, probó "Absynthe au Violet". Amarga, como de costumbre, pues cuando se hace con lágrimas en vez de con agua fría no puede estar de otra manera, la tomó en pequeños sorbos, mal, como no debe hacerse, como lo había hecho todo siempre.
Cerró los ojos y recorrió sus pensamientos, esta vez con un escudo hecho de láudano y alucinógeno verdoso, y volvió a ver cómo hacía mucho tiempo desterró a la felicidad de su vida, para luego pasarse el resto de su existencia en una perpetua expedición para recuperarla, visitando paraísos e infiernos en los que no cabían todos sus errores.
Después de recordarse a sí misma dónde estaba y por qué, desprendió una lágrima gris que vino seguida de otra más, y ésta de otra, y así brotaron y cayeron al suelo, sonando como piedras que caen sobre una caja hueca. Ya tenía diapasón.
Apretó los dientes, se puso de pie sin saberlo y se sentó al piano, temerosa, como si no lo hubiera tocado nunca. Su dedo índice robó un Mi, y los demás se atrevieron a seguir. Ella cerró sus ojos y dejó que sus manos le hicieran olvidar.
Y tocó, tocó todo el día, y luego toda la noche, paseando por su interior levitando sobre un acorde de dolor. Tocó hasta que no hizo falta tocar más, hasta que su música gris paseaba a placer por todo su cuerpo... Ese cuerpo inconsciente que yacía ahora en el asfalto, bajo la lluvia.
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